LUAR. Por Mont Sn.
- cometadeideaspodca
- 11 oct 2021
- 3 Min. de lectura

Teníamos catorce años cuando la marea se llevó su casa.
Vivía frente a la playa en una pequeña choza de madera y nunca necesitó nada más porque en ese lugar tenía todo lo que buscaba. La conocí cuando teníamos cinco: yo sólo quería jugar y ella sólo quería un amigo, desde entonces, mamá me llevaba cada tarde del viernes y me recogía por la noche, pero comencé a buscarla por mi cuenta cuando cumplí diez años. Crecimos en el parque, en la arena y bajo el sol, pero al entrar en la adolescencia remplazamos esas cosas por los viajes nocturnos en bicicleta hasta el mirador. Desde ahí podíamos ver los edificios de la ciudad más cercana que, a esa distancia, aunque se veían pequeños, seguían siendo maravillosos. Siempre sintió gran admiración por conocer el lugar de las tintineantes lucecillas que curaban sus miedos, ninguno de los dos habíamos llegado tan lejos y prometimos visitarla cuando fuéramos mayores.
Un día cambió de idea: ya no iríamos a la ciudad, iríamos a la luna. Me reí, pero accedí. Llegar a la luna parecía imposible, llegar a la luna con ella, aún más. No le pregunté cómo lo lograríamos porque sabía que ella tenía la respuesta, y su seguridad me bastaba. Esa noche me despedí para no verla otra vez. El mar que la vio crecer jugó sucio con ella. Le cuidó, le adoró y le dio un pedazo de su vida, porque creyó que el mar jamás la traicionaría. La noche fue engañosa porque nunca nos advirtió que algo andaba mal y me dejó marchar sin intentar rescatarla.
Los trozos de madera de la casita destrozada fueron retirados una semana después, pero jamás la encontraron ni a ella ni a su familia. No recuerdo si lloré, sólo me recuerdo en la cama de mi habitación, sobreviviendo sin energía e inventando teorías de dónde podría encontrarla. Esa Navidad, pedí una palmera de coco para plantarla en el lugar en que anteriormente vivía. Dejé de ir al mirador porque sabía que ahí no habría nada y cambié la frecuencia de mis visitas a la playa. La palmera creció, y yo lo hice junto con ella.
Comencé a ir una vez por año hasta que fui a despedirme. Era momento de marcharse a la ciudad. Fui al mirador para ver lo que me esperaba y luego bajé en bicicleta hasta el lugar donde había plantado mi regalo. Me senté al borde de la palmera mirando hacia la inmensidad de la noche, había luna llena y por primera vez me percaté que su luz marcaba un camino en dirección al lugar que una vez había sido su hogar. La línea de luz blanca trazada perfectamente en el agua apuntaba hacia mí. Me quedé ahí un largo rato, hasta que el movimiento de las olas comenzó a deformar lo que veía. El camino de luz se desvanecía, así como ella.
—Aloha, mahina hoa—dije en un hilo de voz antes de levantarme.
Miré al cielo nocturno y fue como si éste me devolviera una sonrisa. Me reí y emprendí mi camino sabiendo que ella había dejado la isla hace mucho tiempo. No la encontraría en la ciudad tampoco, y aunque los caminos fueron diferentes, sabía que ella había alcanzado su sueño. Antes de dormir, abrí la ventana de la habitación para que entrara el aire, y al permitirle la entrada al gigante de luz que vela en la madrugada, cerré los ojos con la certeza de que al menos uno de los dos había alcanzado la luna.




Comentarios