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Fado. Por Mont Sn.

  • cometadeideaspodca
  • 11 oct 2021
  • 2 Min. de lectura


Guardó la mandolina en el estuche después de ofrecerme un vaso con agua. La garganta aún no estaba inflamada, pero lo estaría mañana. Cuando miramos el reloj, todavía no pasaban de las 9:00, ahora ya era media noche y aunque se ofreció a llevarme a casa, me vi en la necesidad de rechazarlo. Se marchó después de preguntar por quinta vez si iba a estar bien. Tenía razón, la calle estaba muy sola, pero yo no me dirigía a casa. Él tenía a quien lo esperaran, y estaba bien. No todos tienen esa suerte. Él tenía más libertad, más oportunidades, incluso más comida en la alacena. Y él lo sabía.

Habíamos acordado tocar tres veces a la semana, hasta después de las 12:00 si era viernes o sábado. Terminando él volvería a su hogar y yo volvería a la plaza. Éramos dos viejos amigos que habían acordado hacer lo que fuera necesario para preservar con vida al otro, y nuestra vida dependía de nuestros instrumentos: la voz y la mandolina. Él por pasión, yo por necesidad.

Él no sabía nada de la plaza, de lo contrario, insistiría en venir, pero no podía permitírselo. Ya tocaba lo suficiente por mí. Siempre temió que algo me ocurriera por andar deambulando sola por ahí, pero la soledad nunca existía en esta ciudad, no en el sentido literal, incluso en los callejones había una luz tenue que te iluminaba para cruzar y siluetas bondadosas que te saludaban cuando pasabas a su lado, después de todo, entre callejones debemos protegernos.

Al llegar a los escalones de la plaza alguien se apresuró para encontrarme. Era Una figura del pasado, como le dicen en los cuentos. Traía otra mandolina bajo el brazo y pidió acompañarme. Le respondí que sí, como siempre lo hacía cuando decidía regresar. El hambre impedía que mi rostro no mostrara expresión alguna, salvo cuando se trataba situaciones como ésta. Tocó las cuerdas y abrí la boca.

“Tentei esquecer o teu nome, arrancá-lo ao pensamento, mas regressa a todo o instante, etrelacado no vento…”

Llevaba cantando eso desde la última vez que se fue, y siempre volvía, y cada vez que la mandolina lo acompañaba, una parte de mí se quebraba, no por debilidad, sino por melancolía. Ahí estaba yo, también estaba él, y le permití quedarse nuevamente. Nunca le di explicaciones, simplemente le abría nuevamente la puerta. Él tampoco solía preguntar por qué lo hacía, hasta esa noche al volver a casa.

—Porque sí—le respondí. Y él aceptó esa respuesta.

Yo también dudaba de mis razones. Por un momento creí que era porque llenaba el corazón, después creí que era porque armonizaba la vida… al final concluí que quizá era porque llenaba los estantes vacíos de una cocina polvorienta. No podía decirle eso, aunque de todos modos se marcharía, pero tampoco podía decirle que la verdadera razón siempre fue la primera.


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